Archivos Mensuales: noviembre 2014

acumulación

preparacion - acumular

una biblioteca es capital improductivo, como saben bien —según dice una encuesta reciente— los lectores de bajos recursos: más vale vender, canjear, intercambiar; llegado el caso, se adquiere nuevamente el libro ya leído, que lo que se pierde en uno lo compensa con mucho la cantidad. todo ese capital estacionado, además —perverso mutatis mutandis—, se vuelve un dolor de huevos cuando uno se quiere o se tiene que mudar. al ver el legado de algunas luminarias de la acumulación mexicana —cuyas colonias de ácaros tiene ahora el Estado a buen resguardo—, se comprende enseguida que a sus libreros no les temblaron nunca las estanterías. al volver de otra misión diplomática, contenido gracias a Dios otro lustro el inminente estallido, el caserón familiar seguiría donde murió el abuelo, donde murió papá.

para los que carecen de caserón familiar, para los que tienen alergia al polvo, la conspiración sionista internacional creó los comerciantes judíos de libros usados. este que vino a casa, a pocas cuadras de la tierra de los Lubavitch, era digno ejemplar de la decadencia del oficio de la reventa: ¡con un lector de códigos de barras vino! ni las tapas leía: escaseaba, miraba el precio —calculo que en el mercado de usados: ¿amazon? ¿abebooks?— y condenaba al reciclaje (la mayoría) o rescataba en la pila de los salvados. con desgano similar, se me ocurre, debían llevarse a cabo buena parte de las purgas de la Santa Inquisición.

pero ahora las cosas habían cambiado. me le paré al lado con la tableta y un hilo de sangre en la comisura de los labios. tipeaba el título en amazon y veía el precio de usado. los había mayormente de 6, de 15, de 9, y así. cada vez que encontraba uno por encima de 10, lo alzaba triunfal frente a novia y roommates: ¡12 dólares con 56 centavos! uno estaba a 130 dólares: ¡130 dólares!, grité. el tipo parecía ofuscado.

— son libros de poca circulación —dijo—, difíciles de vender.

— ¡son libros académicos! —contesté:— ¡tienen público cautivo!

pensé que lo había derrotado, porque bajó la vista y siguió con lo suyo. yo seguía tipiando nombres y alzando libros —aunque no sumaba los precios— cuando no estaba dándole vueltas al cuarto como un león enjaulado. una de las roommates me miraba perpleja. el tipo en eso terminó lo suyo y todos nos preparamos para oír su precio.

— por todo estos —dijo—: 50 dólares.

miré la pila hecho una furia:

— ¿50 por todo eso? ¡por todo esto no menos de 75!

miró la pila muy tranquilo, encogió los hombros.

— ok —dijo.

yo me desplomé en el sillón mientras alguien le iba a buscar bolsas de plástico.

— buen negocio, eh —le dije lleno de rencor.

él, rodeado de mis libros, que ya eran suyos, me miraba más bien con cansancio. eran las diez de la noche. llevaba media hora escaneando códigos.

— es siempre así —dijo.

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