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avidez

el año pasado vino a nueva york hugo santiago, el director mítico de la invasión, y le hicimos una entrevista pública con germán y patricio: estuvo locuaz, encantador. hubo una sola pregunta que pareció ponerlo en jaque, y a la que respondió con una sola palabra: “avidez”. la dijo y se quedó en silencio, sin agregar nada, a pesar de que la pregunta había requerido un par de minutos: después de repasar sus acercamientos a otras artes a través de las películas que hizo (la música, el teatro, la literatura, etc), le habíamos preguntado cómo veía hoy, en retrospectiva, su educación artística, por decir así: ¿qué leyes la habían guiado…? ¿con qué ambiciones, con qué exigencias se había ido construyendo una erudición y una sensibilidad?

mucho tiempo medité su respuesta: sobre mis cheerios matinales, sin éxito, pero también junto al río, que me pareció más adecuado y también más lindo, e incluso borracho, porque el criptograma santiagueño no me abandonaba casi nunca. hugo vino en octubre; recién anoche, seis meses después, el insomnio me trajo su voz, que me explicó por fin todo lo que anidaba en esa palabra, “avidez”, sin que yo me diera cuenta. me decía hugo:

“ya estoy viejo. ¿soy un tilingo? eso dijo beatriz sarlo: y sea o no cierto que me hinchó las pelotas, es indudable, me guste o no (y me gusta bastante), que pertenezco a una tradición que entiende la sensibilidad como indistinguible del yo, puede que incluso como su tarea. y que asciende en la escala social de los objetos… o si desciende es porque ya ha llegado muy alto, y desde allá los de abajo se ven bien bonitos. ¿que mi padre era productor de televisión? ¡pero en esa época la televisión era otra cosa! ¿o ustedes piensan que el hijo de Villarruel nos va a sorprender un día con una película sobre… ¡pero es que ya ni quedan intelectuales hermitaños! lo que pasa es que a beatriz le encantaría sentarse a conversar sobre blanchot con jacques derrida. a derrida no le podés ir a hablar de novelitas sentimentales del año veinte. ah no. ¿pero qué iba diciendo…? ah sí: que la pregunta me pide que me desdoble en dos: un yo lleno de ambiciones de brillo, de gran performance, de densidad, de irreverencia, y otro yo que se erguiría frente a él, en un instante de lucidez sólo imaginable ante la inminencia de la muerte, y le denunciaría su engaño. porque encontrarle un patrón a mi sensibilidad, adscribir mi yo que es tan mío (¡y me es tan querido!) a unas fronteras determinadas por coordenadas sociales, sería… ¿cómo decirlo? …zzzzz! perdón: me dio un escalofrío. mi amigo juan josé saer cita a suetonio en su tratado sobre el río de la plata: los populistas chillan. manga de melindrosos… te hacen andar sobre cáscaras de huevo. ¿qué quieren? ¿una cultura anémica? yo, sin ir más lejos, es la primera vez que vengo a nueva york. tengo que confesarme que me sorprendió un poco; la vejez nos vuelve indulgentes. ¿o será en cambio que rebalso los límites de mi curiosidad? ¿me reinvento? ¿acaso rejuvenezco? ¿soy todavía más yo? de suetonio se ha perdido casi todo y aún así se ha hecho un lugar en un tratado sobre el río de la plata: ¿por qué preocuparme de que mis películas estén disponibles en dvd…? sí: avidez… disculpe, joven: el vino que me ofreció hace un momento, ¿de qué origen es?”

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