Archivo de la etiqueta: tilinguería

distinción

he aquí una diferencia cultural (creo): en estados unidos la edición paperback (tapa blanda) es la estándar, mientras que la hard cover (tapa dura) es ostentatoria. en francia, en cambio, la connotada es la poche (de bolsillo), porque a diferencia de estados unidos, donde brilla el deseo de distinguirse, en francia es la mayoría de la población la que carga con la marca de haber sido “democratizada”.

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avidez

el año pasado vino a nueva york hugo santiago, el director mítico de la invasión, y le hicimos una entrevista pública con germán y patricio: estuvo locuaz, encantador. hubo una sola pregunta que pareció ponerlo en jaque, y a la que respondió con una sola palabra: “avidez”. la dijo y se quedó en silencio, sin agregar nada, a pesar de que la pregunta había requerido un par de minutos: después de repasar sus acercamientos a otras artes a través de las películas que hizo (la música, el teatro, la literatura, etc), le habíamos preguntado cómo veía hoy, en retrospectiva, su educación artística, por decir así: ¿qué leyes la habían guiado…? ¿con qué ambiciones, con qué exigencias se había ido construyendo una erudición y una sensibilidad?

mucho tiempo medité su respuesta: sobre mis cheerios matinales, sin éxito, pero también junto al río, que me pareció más adecuado y también más lindo, e incluso borracho, porque el criptograma santiagueño no me abandonaba casi nunca. hugo vino en octubre; recién anoche, seis meses después, el insomnio me trajo su voz, que me explicó por fin todo lo que anidaba en esa palabra, “avidez”, sin que yo me diera cuenta. me decía hugo:

“ya estoy viejo. ¿soy un tilingo? eso dijo beatriz sarlo: y sea o no cierto que me hinchó las pelotas, es indudable, me guste o no (y me gusta bastante), que pertenezco a una tradición que entiende la sensibilidad como indistinguible del yo, puede que incluso como su tarea. y que asciende en la escala social de los objetos… o si desciende es porque ya ha llegado muy alto, y desde allá los de abajo se ven bien bonitos. ¿que mi padre era productor de televisión? ¡pero en esa época la televisión era otra cosa! ¿o ustedes piensan que el hijo de Villarruel nos va a sorprender un día con una película sobre… ¡pero es que ya ni quedan intelectuales hermitaños! lo que pasa es que a beatriz le encantaría sentarse a conversar sobre blanchot con jacques derrida. a derrida no le podés ir a hablar de novelitas sentimentales del año veinte. ah no. ¿pero qué iba diciendo…? ah sí: que la pregunta me pide que me desdoble en dos: un yo lleno de ambiciones de brillo, de gran performance, de densidad, de irreverencia, y otro yo que se erguiría frente a él, en un instante de lucidez sólo imaginable ante la inminencia de la muerte, y le denunciaría su engaño. porque encontrarle un patrón a mi sensibilidad, adscribir mi yo que es tan mío (¡y me es tan querido!) a unas fronteras determinadas por coordenadas sociales, sería… ¿cómo decirlo? …zzzzz! perdón: me dio un escalofrío. mi amigo juan josé saer cita a suetonio en su tratado sobre el río de la plata: los populistas chillan. manga de melindrosos… te hacen andar sobre cáscaras de huevo. ¿qué quieren? ¿una cultura anémica? yo, sin ir más lejos, es la primera vez que vengo a nueva york. tengo que confesarme que me sorprendió un poco; la vejez nos vuelve indulgentes. ¿o será en cambio que rebalso los límites de mi curiosidad? ¿me reinvento? ¿acaso rejuvenezco? ¿soy todavía más yo? de suetonio se ha perdido casi todo y aún así se ha hecho un lugar en un tratado sobre el río de la plata: ¿por qué preocuparme de que mis películas estén disponibles en dvd…? sí: avidez… disculpe, joven: el vino que me ofreció hace un momento, ¿de qué origen es?”

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monstruos

saer dijo o escribió alguna vez que los correctores españoles de seix barral le ponían “sólo” donde él había escrito “únicamente”. y que él lo volvía a su lugar porque en el litoral nadie decía “sólo”. en el río sin orillas impresiona la tolerancia de saer ante las estructuras retóricas: la arquitectura de las frases es a veces… monstruosa. si bien es cierto que su vocabulario es heterogéneo, al nivel de la estructura no parece preocuparle mucho alejarse de la oralidad. el registro oral aparece ahí como una joya incrustada, que le inyecta vida a lo que sería de otro modo una catedral vacía; pero no tiene fuerza constructiva.

el río sin orillas arranca con una parrafada que ranquea alto entre los picos de la tilinguería latinoamericana, donde la competencia no es menor. durante dos o tres páginas, saer nos comparte la angustia de participar del mundo corporativo durante once horas de vuelo. en los asientos se hacina; la música funcional lo saca de quicio; las películas le resultan infames; la comida le revuelve el estómago. nos queda el alivio de que en el 91 no hubiera sistema de entretenimiento, en cuyo caso nos hubiera sometido a otras tres páginas de minuciosa irritación. una complicidad disuelve la otra: saer se inclina sobre su cuaderno, se aísla y toma notas para su libro sobre el río de la plata; la literatura puede así ser plan de evasión, aunque sólo para el que la escribe.

cuando hablaba de política, saer era en general muy poco interesante. me da la sensación de que se imaginaba socialdemócrata, quizás a la manera europea; pero más de una vez habló bien de alfonsín, incluso cuando ya no daba. el “pero” es mío: donde socialdemocracia y alfonsín no se oponen, ahí estaba saer. también en política veía primero la estructura, donde vendrían luego a acomodarse los cuerpos.

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